Aguarda amando

Aguardar: Esperar a que llegue determinado momento u ocurra determinado hecho (Diccionario Oxford).

En la vida aquí en la tierra se vive aguardando. En el día a día, se aguarda o se espera a que sea la hora de ir a trabajar o de ir a la escuela, para verse con amigas, para tomar el autobús, para irse de viaje o para descansar. Pero también existen momentos de espera que incluyen acontecimientos significativos no rutinarios, tales como la espera del día de la boda, la graduación, la llegada del primer bebé, la respuesta de una entrevista de trabajo o de un resultado médico, etc.

Si eres como yo, entre una actividad y otra, buscas ocuparte de lo que está a la mano por hacer. Mientras esperas a que sea la hora de reunirte con una amiga, aprovechas para realizar mandados, tomar una siesta, lavar los platos, contestar tus mensajes, entre otras cosas.

Las emociones que se asocian con este tipo de espera generalmente no son de ansiedad, duda o impaciencia. Sin embargo, cuando me he encontrado en espera de algo inusual que puede cambiar el rumbo de mi vida, he permitido que la ansiedad y la impaciencia formen parte de esa espera. Efectivamente, no tiene el mismo impacto esperar a que pase el autobús que esperar saber qué sucederá después de la graduación.

Hoy día, tanto yo como amigas cercanas, nos encontramos aguardando la respuesta de Dios acerca de nuestro futuro. En mi caso, mi contrato de trabajo se vence en tres meses, mientras que unas amigas están por graduarse, otras por casarse y otras por mudarse. ¿Cómo esperamos y qué hacemos mientras recibimos una respuesta de Dios acerca del futuro, de una manera que le traiga honra y gloria a Él? Después de la búsqueda de una respuesta a esta inquietud en oración, consejo y lectura de la Palabra, Dios pide como primer paso recordar lo siguiente:

 

  • “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).
  • “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6b).
  • “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:28-29).
  • “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).
  • “Jehová es mi pastor nada me faltará” (Salmo 23:1).
  • “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

 

Jesucristo ¡no cambia!, y por ello, puedo descansar en Su promesa de que aún en este tiempo de espera: Él está cumpliendo Su propósito en mí; nada me separará de Su amor; todo lo que ocurre puede hacerme más como Cristo; absolutamente nada de lo que necesito me faltará; y en tiempos difíciles, puedo siempre acercarme a Su presencia en oración.

Te invito a que comiences con éstas seis verdades. Cada mañana, hazlas tuyas en oración y agrega poco a poco otras promesas que encuentres en Su Palabra que se apliquen a lo que estás viviendo en tu tiempo de espera.

Y como segundo paso, Dios pide amar.

 “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Marcos 12:30-31a

Cuando amo a Dios con todo mi corazón, busco agradarle, busco complacerle, busco pasar tiempo con Él; mis sentimientos giran alrededor de Él, mi deseo es sólo para Él. Reconozco y alabo su belleza y sus virtudes.

Cuando amo a Dios con toda mi alma y con toda mi mente, mi voluntad y mis pensamientos se vuelven la voluntad y los pensamientos del Señor. Quiero lo que Él quiere. Pienso como Él piensa. Hago lo que Él hace. Busco que mis decisiones no las dirija yo sino Él.

Cuando amo a Dios con todas mis fuerzas, uso mis habilidades y fuerza física para servirle en Su obra. Cuido mi cuerpo. Practico la hospitalidad.

Pero no debo olvidar que “nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). En mis propias fuerzas, nunca lo podré amar. Necesito descansar en Su fuerza y pedirle que sea Él quien “produzca en mí tanto el querer como el hacer por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

Amar a mi prójimo involucra que ponga las necesidades de otros antes que las mías, “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Filipenses 2:3b-4).

Como coordinadora de un ministerio de niños, mi prójimo en estos momentos son mis maestros, voluntarios, padres de familia y mis niños. Mientras espero a que Dios me revele el paso que sigue después de mi contrato, debo ocuparme de aprender a amarlo con todo mi corazón, alma, mente y fuerzas, y buscar maneras de amar y servir a mi prójimo; en otras palabras, debo aguardar amando.

Amiga, que en nuestro tiempo de espera amemos.