AL LLEGAR AL FINAL DEL AÑO….

Al llegar al final de un año más es bueno pensar en lo siguiente. Si supieras que morirás en exactamente un año a partir de hoy ¿a quién incluirías en tu lista de las 5 personas más importantes con quien invertirías el tiempo que te queda? ¿Esas personas estarían emocionadas de pensar que tú las escogiste a ellas?

Todos los días, de manera consciente o no, estamos dejando atrás un legado por lo que somos, lo que tenemos y lo que aprendemos. Ese legado puede ser positivo o no. Vale la pena reflexionar un momento:

¿estamos haciendo el esfuerzo de dejar atrás algo que sea realmente importante?

Un legado es un conjunto de cosas que una generación transmite a la generación que le sigue. Es una herencia, es lo que transmitimos a las personas que vienen detrás de nosotras. Puede tratarse de algo material, ideologías o una fe. Cada una recibimos algo que nos dejó la generación anterior que seguramente tú no escogiste. Pero sí puedes escoger qué dejarás tú a las jóvenes generaciones.

Un legado de fe tiene que ver con un sistema de creencias y valores. Así como podemos dejar por herencia cosas materiales como una casa, un carro, joyas, ropa, etc, también podemos transmitir una fe, la confianza en Dios que ayudará a los demás a vivir y sobrevivir en este mundo tan difícil y hostil. Aunque es más fácil pensar en un legado material y aunque a nadie le cae mal una herencia material, muchas mujeres cristianas no hemos pensado exactamente qué legado significativo vamos a dejar a nuestros descendientes.

Deuteronomio 6:5-9 dice: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas”. En este pasaje encontramos qué y cómo dejar un legado de valor y que valga la pena. Para que la siguiente generación conozca y ame a Dios con todo su corazón, primero tiene que ser una realidad en nuestra vida.

El mandato es claro, nuestro mayor afecto y prioridad tiene que ser Dios. Hemos de amarlo con todo nuestro corazón, con lo que somos y con lo que tenemos. Ha de ser una realidad objetiva en nuestra vida de tal manera que al compartir con nuestros hijos y demás personas sobre ello, nuestros hechos respalden nuestros dichos. Además, el pasaje nos indica cómo hacerlo: hemos de repetir las verdades bíblicas y hablar de ellas en toda situación de la vida. Cada momento es una oportunidad para compartir la realidad de Dios y su intervención en nuestro diario vivir. Ya se trate de estar en casa, o de viajar, o de hacer nuestras  actividades cotidianas, podemos introducir comentarios y palabras que nos hagan pensar en Dios y su propósito para nuestras vidas.

El apóstol Pablo también nos da una ilustración de cómo dejar un legado en 1 Corintios 9:24. La escena es la de un estadio de atletismo que habla de que debemos participar en la carrera espiritual con la misma determinación y profesionalismo que lo haría un atleta de las Olimpiadas. Eso lleva entrenamiento, sacrificio, alimentación especial y perseverancia.

No se trata simplemente de correr y ganar. En las carreras de relevos se prueba la velocidad y precisión con que se transporta un testimonio (estafeta) a lo largo de una distancia determinada. Si alguna vez has tenido oportunidad de observar una carrera de relevos femenil, sabrás de lo que estoy hablando. Me parece que esa carrera en especial es muy parecida a lo que sucede en nuestra vida cristiana. Cada una de nosotras llevamos una estafeta que debemos pasar a alguien más, nuestra carrera espiritual es temporal pero puede seguir por mucho tiempo después que ya nos hayamos ido de este mundo.

En Hebreos 12:1-2 también encontramos una metáfora del atletismo espiritual. Corremos con una gran nube de testigos que ya han alcanzado su premio y nos animan diciéndonos: “sí se puede, sí se puede”. Lo que vamos transmitiendo de una generación a otra son actitudes, talentos, habilidades, valores, costumbres, pensamientos, tradiciones, religión, pasión, gustos, virtudes, defectos.

Si supieras que solo te queda un año más de vida, ¿cuál sería tu legado a la siguiente generación? ¿Vives cada día en una sucesión de eventos sin propósito? O ¿estás preparándote para dejar un legado de valor, especialmente para tus hijos? Cuando te hayas ido de esta tierra, ¿será éste un mundo mejor porque tú estuviste en él?

Ya que no sabemos cuánto tiempo más tenemos de vida, propongamos en nuestro corazón aprovechar el tiempo que Dios nos da este año que comienza para trabajar con ahínco y estar listas para entregar la estafeta de la fe a la siguiente generación.


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