Cuidado: Puedes ser propenso a este asesino silencioso

Fue dos semanas antes de mi boda. Cómo todas las novias, estaba preocupada con el vestido, las invitaciones, y todos los detalles más pequeños, pero tan grandes en la mente de una mujer cuando le toca a ella casarse, saber que había algo dentro de mí que estaba silenciosamente atacando mi cuerpo. Un día, casi no podía caminar, entonces, mi novio me llevó al hospital para ver lo que estaba pasando. Después de algunos exámenes, el doctor me dijo que tenía coágulos en la pierna y pulmones, y que existía la posibilidad de que me mataran instantáneamente. Estaba en shock. Mi mundo perfecto se desmoronaba al ver la cara de mi futuro esposo cuando el médico reveló la gravedad de la situación. Llamó a mis padres y oramos.

Ha pasado casi un año desde que el doctor realizó la operación que me salvó la vida, y un año desde que me casé con el amor de mi vida. Sin embargo, hay algunos efectos secundarios que me recuerdan a diario este suceso traumático. Cada mañana y cada noche, tomo una pastilla que evita que la sangre se coagule. Esta pastilla es un recordatorio diario del día en que me salvaron y el peligro que me espera si me olvido de una dosis. Sin ella, me moriría.

En lugar de estar deprimida con esta noticia, estoy constantemente atenta a la otra verdad espiritual que esta situación trae. Hay otro asesino silencioso en mí: el pecado. La Biblia dice: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Como no podía ver los efectos peligrosos de la coagulación, tampoco puedo ver siempre los efectos peligrosos de mi pecado, independientemente de lo grande o pequeño que este pueda ser. Al igual que necesité un doctor para salvarme de mi condición de salud, también necesité un Salvador para mi condición espiritual.

La Palabra de Dios nos muestra que Jesucristo es el remedio para nuestro problema de pecado: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5), y “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).

Después de haber aceptado a Jesucristo como Señor y Salvador, es fácil sentirse cómodo y volver a caer en el pecado, porque la muerte final ha sido conquistada a través de su sacrificio, pero la Biblia nos enseña que seguir a Cristo es tomar diariamente tu cruz y negarse a uno mismo (Mateo 16:24). Como tengo que tomar mis pastillas todos los días para mantenerme viva y sana, debemos estar activamente en la Palabra de Dios, y ponernos la armadura de Dios para resistir las pruebas y las tentaciones que se nos presentan cada día (Efesios 6:10-20).

La decisión de aceptar a Cristo como nuestro Salvador es fácil, porque podemos ver el peligro inminente de la condenación eterna, pero la decisión de seguir a Cristo como nuestro Señor es más difícil, porque tenemos que reconocer cada día nuestras debilidades y buscar una manera de vivir que no es natural para nuestro ser pecaminoso.

Todos los días, me levanto consciente de que mi cuerpo no puede continuar sin mi medicamento y que no hay nada que pueda hacer por mi cuenta para curarme, sino confiar en la medicina y tomarla fielmente. ¿Tengo la misma conciencia de mi vida espiritual? ¿Cuido de mis debilidades espirituales como lo hago con mis debilidades físicas? Si eres como yo, tal vez hayas pasado por alto el pecado en tu vida, creyendo que, como no se nota, no será perjudicial. Pero la Biblia es muy clara en que todo pecado lleva a la muerte, y que a Dios no le preocupa lo buena que es tu vida por fuera, sino que mira tu corazón.

Pregúntate: ¿He confiado en Jesucristo para salvarme de mi pecado? Si es así, ¿hay algún pecado oculto en mí que deba confesar para poder ser cambiado y perdonado?

Que todos confiemos diariamente en la gracia salvadora de Jesús y busquemos ser conformados a Su imagen.