Preparando el nido

Hace unas semanas, tuve la oportunidad de visitar una reserva natural en la Provincia de Chubut, sobre el Océano Atlántico, en mi país, Argentina, donde se encuentra la mayor colonia continental de pingüinos patagónicos —pingüinos de Magallanes—, con casi un millón de ejemplares.

Estos pingüinos son aves migratorias que durante el período reproductivo salen del mar, volviendo a él solo para alimentarse. Estas aves se caracterizan por ser monógamas y anidar en sitios con suelos blandos donde pueden cavar sus nidos. Entre agosto y septiembre llegan a la zona los primeros machos para reconstruir el nido; generalmente, en el mismo lugar que utilizaron la temporada anterior. Luego llegan las hembras para encontrarse con sus parejas y completar así la reproducción.

Lo más notable de esta especie es que cuando los machos regresan cada año, vuelven exactamente a los nidos que dejaron el año anterior, para prepararlo para la llegada de las hembras, que arriban un par de meses después. Más notable aún es la forma en que se reencuentran: los machos vocalizan emitiendo sonidos —una especie de graznido— para que las hembras, cuando estas lleguen y salgan del mar, los reconozcan. Así se reencuentran y juntos van a compartir el nido que el macho estuvo preparando para ella.

Ante tal maravilla no pude menos que asociar este ejemplo de la naturaleza con el Señor Jesucristo, Aquel que hoy está «preparando el nido» para que, un día, quienes hayamos oído Su voz y lo hayamos recibido como nuestro Salvador personal, nos reunamos con Él para compartir nuestro nido de amor eterno. Pero ¿cómo hacemos para reconocer Su voz que nos llama? Muchas son las formas en que Dios llama para captar nuestra atención, pero aquí quiero mencionar solo tres:

  1.  1. la voz desde la naturaleza
  2. 2. la voz desde la cruz
  3. 3. la voz desde las nubes.

El Salmo 19:1 afirma: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos». Y en Romanos 1:19-20, leemos: «lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo».

¡Dios nos habla a través de la naturaleza! Desde la magnificencia de un cielo inundado de estrellas hasta las pinceladas multicolores de un atardecer en el horizonte, desde el silbo apacible del viento en las hojas hasta el rugir ensordecedor de los truenos en las tormentas, todo es un testimonio audible de la existencia del Diseñador perfecto, quien con Sus manos maestras, creó todas las cosas.

¿Cómo no prestar oído a Su voz desde la naturaleza?

También se escuchó una voz desde la cruz. En la hora más tenebrosa y agónica de la vida de Jesús, un clamor resonó en las afueras de Jerusalén. Los cuatro Evangelios nos relatan detalles de la crucifixión de Jesús, cada uno de ellos enfatizando distintos aspectos de interés particular para sus audiencias específicas, pero una expresión similar se repite en Mateo 27:50, Marcos 15:37 y Lucas 23:46: el Señor Jesús clamando «a gran voz». Aunque Juan no detalla la forma en que Jesús expresó Sus últimas palabras, sí registra la frase que constituye el clímax del cumplimiento del plan de Dios para la salvación de la humanidad. La voz desde la cruz dice: «Consumado es» (19:30).

Todo estaba dicho; todo estaba cumplido. Jesús, nuestro Sustituto, moría en la cruz para pagar por nuestros pecados —el Justo por los injustos— y abrir así el camino para nuestra reconciliación con el Padre por medio de la fe en Su Persona y en Su obra.

¿Has respondido a la voz desde de la cruz?

Pero bendito sea Dios que no todo terminó allí, sino que ¡Jesús resucitó!; y por tanto, llegará el día —tal vez hoy— en que escucharemos nuevamente Su voz desde las nubes, cuando nos venga a buscar para estar para siempre con Él: «el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4:16-17).

¡Qué promesa maravillosa! ¡Escuchar cara a cara la voz de Jesús, nuestro Salvador! Nada se compara a esta experiencia inenarrable. ¡Cristo llamándonos desde las nubes! ¡Cristo que nos viene a buscar!

El deseo de mi corazón es que, hasta tanto llegue ese día anhelado, sigas escuchando la voz de Dios en el canto de las aves y en el murmullo de las corrientes de agua; que sigas regocijándote y dando gracias porque, un día, escuchaste la voz de Jesús diciendo: «Consumado es», al morir en la cruz por tus pecados para darte vida eterna por la fe en Él. Pero por sobre todo, que sigas avanzando en medio del mar turbulento de este mundo caído, con los oídos bien atentos y ansiosos de escuchar la voz del Salvador —tu Salvador—, el Señor Jesucristo, que desde las nubes te dice: «El nido ya está preparado. Sube acá. Disfrutemos juntos de nuestro amor perfecto para toda la eternidad».

«El nido ya está preparado. Sube acá. Disfrutemos juntos de nuestro amor perfecto para toda la eternidad».


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